Del album de un cazador
Del album de un cazador —¿Y para qué quiero casarme? —protestó Fedia—. Estoy bien como estoy. ¿De qué sirve una esposa? Para pelearse a gritos, ¿no es eso?
—Ahí lo tiene… ¡Conozco a los de tu clase! Tienes todos esos anillos de plata en los dedos… Te pasas todo el tiempo olisqueando a las chicas en el patio. «¡Déjame, deberías avergonzarte!» —continuó el anciano, imitando a las criadas—. ¡Te conozco, con las manos tan blancas!
—Pero ¿qué tiene una esposa de bueno?
—Una esposa es una trabajadora —sentenció el Turón—. Una mujer cuida de un hombre.
—¿Y para qué necesito yo una trabajadora?
—Tú eres de los que esperan que te saquen siempre las castañas del fuego, ¡conozco a los de tu calaña!
—Muy bien, entonces cásame, ¿de acuerdo? ¿No dices nada?
—¡Ya basta! Eres un bromista, eso es lo que eres. Mira cómo preocupamos al señor. Ya te casaré… Y ahora, señor, te ruego que no te molestes: como puedes ver, no es más que un niño, y todavía no tiene sentido común.
Fedia sacudió la cabeza…