Del album de un cazador
Del album de un cazador —¿Está el Turón en casa? —se oyó una voz familiar proveniente del otro lado de la puerta, y Kalínich entró en la cabaña con un manojo de fresas salvajes que había recogido para su amigo, el Turón. El anciano le dio una calurosa bienvenida. Lo contemplé atónito, porque confieso que no había esperado tales «delicadezas» de un campesino.
Aquel día salí a cazar cuatro horas más tarde que de costumbre, y pasé los siguientes tres días en la casa del Turón. Me interesaban mis nuevos conocidos. No sé cómo me había hecho merecedor de su confianza, pero me hablaban sin ningún tipo de azoro. Yo disfrutaba escuchándolos y observándolos.