Del album de un cazador

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Los dos amigos no se parecían en nada. El Turón era un hombre positivo, práctico, un administrador, un racionalista; Kalínich, por su parte, pertenecía al grupo de los idealistas y románticos, los hombres de sueños e ideas elevadas. El Turón entendía la realidad; con esto quiero decir que se había construido un hogar para sí mismo, había logrado ahorrar algo de dinero, y lo había dispuesto todo de la manera más satisfactoria tanto con su amo como con el resto de autoridades; Kalínich iba por ahí calzando lapti y pasando los días como buenamente podía. El Turón había formado una familia extensa, obediente y unida; Kalínich tuvo una esposa que lo aterrorizaba, y no tenía hijos. El Turón entendía al señor Polutikin; Kalínich adoraba a su amo. El Turón amaba a Kalínich, y siempre le ofrecería su protección; Kalínich amaba y respetaba al Turón. El Turón era parco en palabras, se guardaba sus ideas para sí mismo; Kalínich se expresaba apasionadamente, aunque no tenía el pico de oro de los vivarachos trabajadores de las fábricas… Sin embargo, poseía ciertas habilidades innatas que el mismo Turón reconocía; era capaz de detener con encantamientos el correr de la sangre, ahuyentar los terrores y los accesos de furia, y tenía la habilidad de curar las lombrices; las abejas lo obedecían, tenía buena mano en su trabajo. Mientras estuve allí el Turón le pidió que condujera a un nuevo caballo a los establos, y Kalínich fue capaz de llevar a cabo, con orgullo y eficacia, la petición del escéptico anciano. Kalínich estaba más cerca de la naturaleza; el Turón, de las personas y de la sociedad; a Kalínich no le gustaba tener que plantearse las cosas, y creía con fe ciega en cuanto le decían, mientras que el Turón había alcanzado una concepción irónica frente a la vida. Había visto muchas cosas, conocía muchas cosas, y yo aprendí mucho de él.


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