Del album de un cazador
Del album de un cazador Por ejemplo, por las historias que contaba me enteré de que todos los veranos, antes de la cosecha, un pequeño carro hace su aparición en las aldeas. En él va sentado un hombre con caftán que va vendiendo guadañas. Si se le paga en efectivo, pide un rublo y veinticinco kópeks en monedas de plata, y un rublo y cincuenta kópeks en dinero en billetes; si se le paga a crédito pide tres billetes de rublo y un rublo de plata. Todos los campesinos, como es lógico, compran a crédito. Al cabo de dos o tres semanas el hombre regresa y reclama su dinero. Para entonces el campesino ha cosechado su avena, y tiene el dinero necesario para pagarle; acompaña al comerciante hasta la taberna, donde sellan el negocio. A algunos de los terratenientes se les metió en la cabeza comprar sus propias guadañas en efectivo y distribuirlas a crédito entre sus campesinos por el mismo precio; pero los campesinos parecían descontentos con el arreglo, y hasta melancólicos; se les había privado del goce de elegir entre las guadañas, escucharlas, calibrarlas en las manos y espetarle al granuja del vendedor una veintena de veces: «Vaya, es casi un robo, ¿no te parece?». Algo parecido ocurre cuando se compran las hoces, con la única diferencia de que en ese caso son las mujeres las que se ven involucradas, y en ocasiones obligan al comerciante a que las abofetee, y lo hace por el propio bien de ellas.