Del album de un cazador
Del album de un cazador Le dije adiós con la cabeza y me puse camino a casa por la orilla del rÃo, temblando por la húmeda bruma. Apenas habÃa caminado más de dos verstas cuando la luz del sol se extendió a mi alrededor a lo largo del prado inmenso y empapado, y ante mà por las colinas reverdecidas, de bosque en bosque, y detrás de mà a lo largo del camino largo y polvoriento, sobre los arbustos que refulgÃan rojos como la sangre, y al otro lado del rÃo que ahora brillaba con un azul modesto debajo de la bruma que se disolvÃa. Corrieron torrentes de rayos de sol, cálidos y recién nacidos, rojizos al principio y al cabo brillantemente rojos, brillantemente dorados. Todo comenzó a estremecerse, despertarse, cantar, resonar, parlotear. En todas partes, grandes gotas de rocÃo comenzaron a brillar como diamantes. Trajeron hasta mÃ, puro y cristalino como si estuviera lavado por la frescura de la atmósfera de la mañana, el sonido de un campana. Y de pronto me adelantaron a la carrera los caballos, frescos de nuevo tras la noche, dirigidos por mis nuevos conocidos, los muchachos.
Debo añadir, desgraciadamente, que aquel mismo año murió Pavlusha. No se ahogó; se mató al caerse de un caballo. ¡Una pena, era un muchacho estupendo!