Del album de un cazador
Del album de un cazador Se trataba de un funeral. Lo abría un carro tirado por un único caballo al paso, sobre el que iba montado un sacerdote con el sacristán a su lado haciendo de cochero. Detrás del carro, cuatro campesinos con las cabezas descubiertas cargaban con un ataúd. De pronto alcanzó mis oídos la voz frágil y quejumbrosa de una mujer. Su lamento ululante, monótono y desesperado, flotaba en el vacío de los campos como una tristísima melodía. Mi cochero fustigó a los caballos con la intención de adelantarse a la procesión. Encontrarse con un muerto por el camino es un mal augurio. En efecto, consiguió cruzar galopando el camino justo antes de que la procesión lo alcanzase. Pero apenas habíamos avanzado cien pasos, nuestro carro dio una fuerte sacudida, se inclinó a un lado y casi volcó. El cochero detuvo los caballos enloquecidos, se inclinó desde su asiento para ver qué había ocurrido, hizo un gesto con la mano y escupió.
—¿Qué pasa? —pregunté.
El cochero se apeó sin responder y sin señales de prisa.
—Y bien, ¿qué es?