Del album de un cazador

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—Tal vez sería mejor si no te molestases con esas tonterías… Deja que las mujeres se peleen entre ellas… Solo lograrás más problemas si intentas separarlas, y el asunto no merece que te ensucies las manos.

En ocasiones la anciana de mal carácter se bajaba a rastras del horno y llamaba al perro para que entrara del patio, atrayéndolo con frases como: «¡Vamos, vamos, perrito!», para luego apalearle el espinazo con una pala, o bien se situaba en el zaguán y «ladraba», como decía el Turón, a todo el que pasaba. Sin embargo, a su marido le temía, y en cuanto escuchaba sus órdenes volvía a subirse a su lugar sobre el horno. Lo que resultaba especialmente curioso era escuchar a Kalínich y el Turón expresar sus distintas opiniones sobre Polutikin.

—Oye, Turón, no digas nada en su contra en mi presencia —decía Kalínich.

—Entonces, ¿por qué no se preocupa de que tengas un par de botas? —objetaba el otro.

—¡Al diablo con las botas! ¿Para qué quiero botas? No soy más que un campesino…

—Yo también lo soy, pero fíjate… —y Khor levantaba la pierna y le mostraba a Kalínich una bota que parecía haber sido confeccionada con la piel de un mamut.

—¡Oh, pero tú no eres de los nuestros! —respondía Kalínich.


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