Del album de un cazador

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—Pero él tendría que darte al menos el dinero para que compraras lapti: después de todo vas de caza con él todos los días, y necesitas un par nuevo.

—Me da para que compre lapti.

—Es cierto, el año pasado te regaló diez kópeks.

Kalínich se volvía enojado y el Turón rompía a carcajadas, haciendo casi desaparecer sus ojillos.

Kalínich cantaba de forma bastante agradable y tocaba un poco la balalaika. El Turón lo escuchaba embelesado, y al cabo echaba a un lado la cabeza e iniciaba su acompañamiento en una voz quejumbrosa. Le gustaba sobre todo la canción: «¡Qué duro es mi destino!».

Fedia nunca dejaba escapar una oportunidad de reírse de su padre, diciendo:

—Dígame, anciano, ¿y de qué tiene usted que quejarse?

Pero el Turón apoyaba la mejilla en su mano, cerraba los ojos y continuaba quejándose sobre su dura existencia… Sin embargo, en otras ocasiones nadie era más activo que el viejo: siempre estaba ocupado con algo, reparando el carro, construyendo nuevos cercados, o revisando los arneses. No obstante, no insistía en que las cosas estuvieran excesivamente limpias, y en respuesta a mis comentarios una vez sentenció que «una cabaña debía poseer el olor de ser vivida».


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