Del album de un cazador
Del album de un cazador —Pero —apunté yo a modo de respuesta—, mira lo limpio que es el colmenar de KalÃnich.
—Las abejas no vivirÃan allÃ, señor mÃo, si el lugar no estuviera limpio —dijo suspirando.
En otra ocasión me preguntó:
—¿Posee usted su propia finca?
—Asà es.
—¿Y está lejos de aqu�
—A unas cien verstas.
—Y bien, señor mÃo, ¿vive usted en su finca?
—Asà es.
—Pero lo que más le gusta, o eso me parece, es salir y divertirse con la escopeta.
—SÃ, debo admitir que eso es cierto.
—Y hace usted bien. Mate usted tantos urogallos como desee, pero asegúrese de que cambia al administrador de su finca a menudo.
En la noche del cuarto dÃa el señor Polutikin mandó a buscarme. Sentà despedirme del anciano, pero me monté al carromato con KalÃnich.
—Pues, adiós, Khor, te deseo lo mejor —dije—. Adiós, Fedia.
—Adiós, señor, adiós. No se olvide de nosotros.
Nos alejamos. El alba enrojecÃa el cielo.
—El tiempo será excelente mañana —dije, mirando al cielo brillante.