Del album de un cazador

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—Así que tú eres el Ermitaño —repetí—. He oído hablar de ti, amigo mío. Dicen que no se te pasa una.

—Me encargo de mi trabajo —respondió de forma sombría—. No robo el pan que como.

Sacó un hacha de su cinturón, se puso en cuclillas y empezó a cortar una velita.

—¿No tienes una mujer en la casa? —le pregunté.

—No —respondió, y dio un gran golpe con el hacha.

—Ella murió, ¿no es cierto…?

—No… Sí… Está muerta —añadió, y se dio la vuelta.

No dije nada. Él levantó los ojos y me miró.

—Se escapó con uno que iba de paso, un tipo de la ciudad —pronunció con una sonrisa cruel. La niña bajó la cabeza; el bebé se despertó y empezó a llorar; la niña se acercó a la cuna—. Toma, dale esto —dijo el Ermitaño, poniéndole un biberón sucio en la mano—. También a él lo abandonó —continuó con voz sombría, señalando al bebé. Se dirigió a la puerta, se detuvo y se dio media vuelta.

—Es posible, señor —comenzó—, que no quiera usted comer nuestro pan, pero además de pan tengo por ahí…

—No tengo hambre.


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