Del album de un cazador

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Lo observé. Pocas veces había visto un hombre tan apuesto. Era alto, de hombros anchos, con un físico espléndido. Debajo de la tela húmeda y ruda de su camisa se destacaban claramente sus músculos poderosos. Una barba negra y rizada le cubría la parte baja de sus rasgos masculinos y severos, y bajo las cejas amplias en mitad de su frente espiaban unos ojillos color avellana. Posó las manos en las caderas y se quedó frente a mí.

Le di las gracias y le pregunté su nombre.

—Me llamo Fomá —respondió—, pero me llaman el Ermitaño.

—¿Así que eres tú el Ermitaño?

Lo observé con redoblado interés. Había oído historias, tanto de mi Yermolái como de otros campesinos, de un tal Ermitaño al que todos los campesinos locales temían como al fuego. Según ellos, nadie en el mundo era mejor en su trabajo: «¡No deja que te lleves ni unas cuantas ramillas! No importa cuándo, incluso en lo más profundo de la noche, se te echará encima como una tonelada de nieve, ¡y ni se te ocurra enfrentarte a él, es fuerte y habilidoso como el mismísimo diablo! Y no se lo puede sobornar, ni con bebida, ni con dinero, ni con ningún truco sucio. En más de una ocasión han intentado borrarlo de la faz de la tierra, pero nunca se ha rendido».

Así hablaban del Ermitaño los campesinos locales.


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