Del album de un cazador
Del album de un cazador La casa del guardabosques consistÃa en una única habitación ahumada, baja y desnuda, sin particiones ni camastros. Una piel de oveja hecha jirones colgaba de una de las paredes. Sobre un banco habÃa una escopeta de un solo cañón, y en una esquina una pila de harapos; al lado del horno, dos grandes jarras. Una vela delgada ardÃa sobre la mesa, iluminando con tristeza la estancia como a punto de extinguirse. En mitad de la casa colgaba una cuna atada al extremo de una larga vara. La niña apagó la lámpara, se sentó en un banco diminuto y comenzó a balancear la cuna con la mano derecha, y con la otra a ajustar la vela. Miré a mi alrededor y el corazón me dio un vuelco; no es una experiencia agradable entrar en la casa de un campesino por la noche. El bebé en la cuna respiraba rápida y pesadamente.
—¿Estás sola aqu� —le pregunté a la niña.
—Lo estoy —dijo de forma apenas audible.
—¿Eres la hija del guardabosques?
—Sà —murmuró.
La puerta crujió y el guardabosques cruzó el umbral, agachando la cabeza. Levantó la lámpara del suelo, se dirigió a la mesa y encendió la mecha.
—Es posible que no esté acostumbrado a la luz de una sola vela, ¿me equivoco? —dijo, sacudiendo sus rizos.