Del album de un cazador
Del album de un cazador Me apresuré hacia donde se oÃan los ruidos tropezando a cada paso. El guardabosques estaba ocupado con algo que habÃa en el suelo al lado del árbol caÃdo: estaba agarrando al ladrón debajo de él y retorciéndole el brazo detrás de la espalda con un cinturón. Me acerqué. El Ermitaño se irguió y levantó al otro. Vi a un campesino empapado y desaliñado, con una barba larga y enredada. Más allá también habÃa un caballo delgado, medio cubierto por un trozo de estera y atado a un carro. El guardabosques no dijo nada, ni tampoco el campesino. Se limitó a menear la cabeza con desaprobación.
—Déjale marcharse —susurré en el oÃdo del Ermitaño—. Yo pagaré por la madera.
El Ermitaño, sin decir nada, agarró a la yegua por la crin con su mano izquierda, mientras con la derecha agarraba al ladrón por el cinto.
—Bueno, empieza a andar, cuervo —dijo con severidad.
—Esa es mi hacha —murmuró el ladrón.
—No tiene por qué perderse —dijo el guardabosques y la cogió.