Del album de un cazador
Del album de un cazador Nos pusimos en marcha, yo detrás de ellos. Volvió a llover y no tardó en caer a torrentes. Regresamos con dificultad hasta la casita. El Ermitaño abandonó el caballo en medio de la parcela, condujo al campesino dentro, soltó el nudo del cinto y sentó al campesino en una esquina. La niña, que había estado dormida al lado del horno, se levantó y nos miró asustada. Yo me senté en un banco.
—Qué forma de llover —comentó el guardabosques—, tendremos que esperar un rato. ¿Le gustaría echarse?
—Gracias.
—Lo encerraría dentro de ese armario —continuó, señalando al campesino—, pero ya ve que no tiene cerrojo…
—Déjalo, no lo toques —lo interrumpí.
El campesino me observó por debajo de sus cejas. Me prometí a mí mismo liberar al pobre diablo ocurriera lo que ocurriera. Estaba sentado en el banco sin moverse. Por la luz de la lámpara podía distinguir su rostro cansado y arrugado, las cejas que sobresalían y colgaban, los ojos inquietos y los miembros flacos. La niña estaba echada en el suelo cerca de sus pies y volvió a dormirse. El Ermitaño se sentó a la mesa, y apoyó el rostro en las manos. Se oyó un grillo cantar en la esquina… la lluvia golpeaba el tejado y se escurría por las ventanas; todos guardábamos silencio.