Del album de un cazador

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—Fomá Kúzmich —comenzó de pronto el campesino en una voz rota y profunda—, Fomá Kúzmich…

—¿Qué quieres?

—Déjame marcharme.

El Ermitaño no respondió.

—Deja que me vaya… Todo es por el hambre… Deja que me vaya.

—Conozco a los de tu clase —dijo el guardabosques de forma sombría—. De donde tú vienes todos sois iguales, ¡un hatajo de ladrones!

—Deja que me vaya —repitió el campesino—. Es el intendente, ya sabes cómo nos ha arruinado… ¡Deja que me vaya!

—¡Arruinado! Nadie tiene derecho a robar.

—¡Deja que me vaya, Fomá Kúzmich! ¡No me entregues! ¡Tu amo, lo sabes muy bien, me devorará, lo verás!

El Ermitaño se volvió. El campesino se echó a temblar como si tuviera fiebre. No dejaba de mover la cabeza y respiraba con dificultad.

—Deja que me vaya —repitió con miserable desesperación—, ¡por Dios bendito! Te lo pagaré, lo prometo, ¡por Dios que lo haré! Por Dios, es el hambre… Y los niños llorando, ya sabes cómo es. Es muy duro, lo verás.

—Pero a pesar de todo no deberías ir por ahí robando.


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