Del album de un cazador
Del album de un cazador —Mi caballito… —continuó el campesino—, deja que se vaya… Es todo lo que tengo. ¡Deja que se vaya!
—Te digo que no puedo. Yo también cumplo mis órdenes y tendré que responder por ello. Y no tengo razones para portarme bien con los que son como tú.
—¡Deja que me vaya! La necesidad, Fomá Kúzmich, no ha sido otra cosa… ¡Deja que me vaya!
—¡Conozco a los de tu clase!
—¡Solo deja que me vaya!
—¿De qué me sirve hablar contigo, eh? Quédate ahà sentado sin decir nada, o verás la que te doy, ¿no es eso? ¿Es que no ves que hay un caballero ahà sentado?
El pobre individuo bajó los ojos. El Ermitaño bostezó y apoyó la cabeza sobre la mesa. La lluvia continuaba. Esperé a ver qué ocurrÃa.
De pronto el campesino se irguió. Los ojos le ardÃan y su cara habÃa enrojecido.
—¡Muy bien, pues mátame tú mismo! —comenzó, entrecerrando los ojos y bajando las comisuras de la boca—. ¡Vamos, maldito cabrón, chupa mi sangre cristiana, vamos, hazlo!
El guardabosques se volvió.
—¡Te estoy hablando a ti, asiático, chupasangre, a ti!