Del album de un cazador
Del album de un cazador —¿Estás borracho? ¿Es por eso por lo que me hablas as� —dijo el guardabosques sorprendido—. ¿Has perdido el sentido?
—¡Borracho dice! ¡No, maldito cabrón, por nada del mundo, maldito animal, animal, animal!
—¡Eh, ya está bien! ¡O haré que te arrepientas!
—¿Y qué me importa? Da lo mismo, ¡estoy acabado! ¿Qué puedo hacer sin un caballo? Mátame, será lo mismo, si no es de hambre serás tú, ¡qué más me da! Todo se ha terminado, mujer, hijos, ¡todo se ha acabado! ¡Pero espérate, que al final te cogeremos!
El Ermitaño se levantó.
—¡Pégame! ¡Pégame! —gritaba el campesino con una voz furiosa—. ¡Vamos, pégame! ¡Pégame! —La niña se levantó del suelo y se puso a mirarlo—. ¡Pégame! ¡Pégame!
—¡Cállate! —tronó el guardabosques, y se acercó un par de pasos hacia el hombre.
—¡Ya es suficiente, Fomá! ¡Detente! —grité—. ¡Déjalo en paz! ¡El Señor se apiade de él!
—¡No pienso callarme! —continuó el desgraciado—. Todo me da igual, ¡ya estoy muerto! ¡Maldito cabrón, animal, haces mucho daño a la gente, pero espérate y verás, no mandarás por aquà mucho más tiempo! ¡Te romperán el cuello, ya lo verás!