Del album de un cazador
Del album de un cazador Mientras tanto, el aire quedó completamente quieto. Solo de vez en cuando una ligera brisa giraba a nuestro alrededor, y, en la última ocasión, mientras morÃa alrededor de la casa, trajo a nuestros oÃdos el ruido de golpes frecuentes y regulares que provenÃan del establo. Mardari Apollónich acababa de acercarse el platillo a sus labios y estaba a punto de abrir sus orificios nasales, un gesto sin el cual, como todo el mundo sabe, ningún ruso auténtico puede beber su té. Cuando se detuvo, aguzó el oÃdo, bajó la cabeza, se lo bebió todo de un trago y, depositando el platillo sobre la mesa, recompuso la sonrisa más agradable y dijo, de forma inconsciente al ritmo de los golpes: «¡Cloc, cloc, cloc! ¡Cloc, cloc! ¡Cloc, cloc!».
—¿Qué demonios es eso? —dije asombrado.
—Es un diablillo que está siendo aleccionado por órdenes mÃas. ¿Por casualidad conoces a Vasia el mayordomo?
—¿Qué Vasia?
—El que nos ha estado sirviendo la cena. Ese que tiene esas patillas tan desmesuradas.
El mayor sentimiento de indignación no habrÃa sobrevivido a la mirada limpia y dócil de Apollónich.
—¿Qué te está molestando, jovencito? —dijo, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¿Crees que soy malvado, por eso me miras as� Jarabe de palo, lo sabes tan bien como yo.