Del album de un cazador
Del album de un cazador Los caballos fueron conducidos fuera de los establos. No me causaron buena impresión.
—Bien, ponlos con Dios de vuelta de donde han salido —dijo Anastasei Ivánich—. Enséñanos otros.
Me mostraron otros. Al final escogà uno más barato que los demás. Se inició un regateo. El señor Chernobái no se alarmó, habló de forma razonable y citó a Dios como testigo dándose tanta importancia que no pude evitar «tener piedad por el anciano», y entregué una señal.
—Muy bien, ahora —murmuró Anastasei Ivánich—, permÃtame, como en los viejos tiempos, entregarle el caballo, de faldón a faldón… Me lo agradecerá, después de todo está recién recogido, como quien dice, nadie lo ha tocado, ¡acaba de salir de la estepa! Iré a engancharlo.
Se santiguó, se cubrió las manos con el faldón de su levita, agarró la brida y me entregó el caballo.
—Guárdalo, y que el Señor te acompañe… ¿Estás seguro de que no quieres un poco de té?
—No, se lo agradezco humildemente. Debo regresar a casa.
—Como desees… ¿Quieres que mi cochero te lleve ahora el caballo?
—SÃ, cuanto antes, si es tan amable.