Del album de un cazador
Del album de un cazador —Por supuesto, querido amigo, por supuesto… Vasili, eh, Vasili, acompaña al caballero. Lleva el caballo y recoge el dinero. Bien, adiós, señor, Dios te acompañe.
—Adiós, Anastasei Ivánich.
Llevaron el caballo al lugar en el que me alojaba. Al dÃa siguiente resultó que estaba derrengado y cojo. Intenté engancharlo, pero el caballo reculó, y cuando le apliqué el látigo se volvió cabezota, se encabritó y se echó en el suelo. De inmediato me dirigà a buscar al señor Chernobái.
—¿Está en casa? —pregunté.
—Está en casa.
—¿Qué has hecho? —pregunté—. Me has vendido un caballo derrengado.
—¿Sin aliento? ¡Que el Señor nos proteja!
—También está cojo y tiene un fuerte temperamento.
—¿Cojo? No sé nada de eso. Está claro que tu cochero se ha ocupado mal de él… Pero en lo que a mà respecta, el Señor es mi testigo…
—Es necesario que se lo vuelva a traer, Anastasei Ivánich.
—No, señor, no se enoje, pero una vez que salen de la cuadra el asunto está concluido. DeberÃa haber visto todo eso antes de llevárselo.