Del album de un cazador

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Al principio Tatiana Borísovna no lo reconoció. A partir de sus cartas había esperado a alguien demacrado y enfermo, pero lo que tenía ante ella era un grueso joven de aspecto fornido, rostro amplio y enrojecido y pelo rizado y abundante. El delgaducho y pálido Andriusha se había convertido en el fortachón Andréi Ivánich Belovzórov. No era solo su aspecto lo que había cambiado. La puntillosa timidez, cuidado y pulcritud de sus años anteriores se habían convertido en la arrogancia desconsiderada de la juventud, y en un insoportable desaliño. Se balanceaba a derecha e izquierda cuando caminaba y se arrojaba sobre los sillones, se dejaba caer sobre las mesas con descaro, bostezaba a gritos. Era maleducado con su tiíta y con los sirvientes. Era como si estuviera diciendo: «¡Soy un artista, libre como un Cosaco! ¡Deberíais saber cómo nos comportamos!». Durante días enteros no tocaba un pincel. Cuando le sobrevenía la así llamada inspiración, se daba aires como si estuviera bebido, cansado, inepto y ruidoso. Las mejillas le brillaban enrojecidas y los ojos se le cubrían de una pátina cristalina. Entonces se ponía a perorar sobre su talento, sus éxitos, sobre cómo nunca dejaba de mejorar y progresar… Resultó que sus habilidades se limitaban a la realización de unos cuantos retratos decentes. Era un completo ignorante y nunca leía, porque, ¿de qué le sirve leer a un artista? La naturaleza, la libertad, la poesía, ahí estaba en su elemento. Todo lo que tenía que saber era cómo sacudir los rizos y cantar como un ruiseñor y aspirar tabaco de Zhíkov. La audacia rusa está bien, aunque solo unos pocos pueden realmente llevarla con decencia; para los artistas sin talento y de segunda fila de este mundo no es posible.


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