Del album de un cazador

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Andréi Ivánich se acomodó en casa de su tía porque la comida y la estancia gratis evidentemente correspondían a sus gustos. Aburría soberanamente a todos los invitados. Solía sentarse al piano (Tatiana Borísovna tenía uno) y comenzaba a tocar con un dedo «Qué rápida era la troika», o bien tocaba acordes martillando las teclas; o bien durante horas enteras se dedicaba a torturar las canciones de Varlamov «Pino solitario», o bien, «No, doctor, no vuelva…», con los ojos nadando en la grasa de sus relucientes mejillas tensas como panderetas… De pronto soltaría un «¡Márchate, pasión inmunda!», y Tatiana Borísovna se estremecía.

—Es increíble —me comentó en una ocasión— la clase de canciones que se escriben hoy día, tan sentimentalonas. En mi época eran distintas. Eran canciones tristes, pero sin embargo gustaba oírlas. Por ejemplo la que decía:

Ven, ven a la pradera,

Donde te espero en vano;

Ven, ven a la pradera,

Donde mis lágrimas fluyen…

Ay, vendrás a verme en la pradera,

¡Pero llegarás demasiado tarde, amigo mío!

Tatiana Borísovna sonrió, astuta.

Cuánto su-u-u-fro, cuánto su-u-u-fro —se quejó su sobrino en la habitación contigua.

—Ya basta, Andriusha.


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