Del album de un cazador
Del album de un cazador El alemán hizo una reverencia, se dejó caer del caballo, extrajo un pequeño libro de su bolsillo —parecÃa una novela de Johanna Schopenhauer— y se sentó a la sombra de un arbusto, mientras que Arjip permaneció al sol toda una hora, de pie sin mover un músculo. Ardalión Mijáilich y yo nos dirigimos hacia la espesura, pero no encontramos un solo pájaro. Mi amigo anunció su intención de dirigirse a su bosque. También yo estaba lejos de creer que nuestra cacerÃa tendrÃa éxito en un dÃa como aquel, de manera que decidà acompañarlo. Regresamos al claro. El alemán marcó su página, se levantó, se puso el libro en el bolsillo y, no sin cierta dificultad, montó su desastrosa yegua, que se meneaba y encabritaba al menor roce. Arjip entró en acción, dio un tiro seco a las riendas de su cabalgadura, aplicó ambas piernas a los flancos del animal, y por fin logró hacer andar a su semental pequeñito y tembloroso. Nos pusimos en marcha.