Del album de un cazador

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Su movimiento rápido y decisivo pareció romper el encanto: todo el mundo rompió de pronto en una charla animada y ruidosa. El Atontao dio saltos en el aire, comenzó a balbucir y a agitar los brazos como un molino de viento; el Guiñador se acercó cojeando hasta Yákov y le besó ambas mejillas; Nikolái Ivánich se irguió y anunció con toda solemnidad que él mismo sumaría otra jarra de cerveza de su bolsillo; el Caballero Salvaje dio una serie de joviales carcajadas, insólitas en él; el campesino descolorido murmuraba una y otra vez en su rincón mientras se secaba con ambas mangas sus ojos, mejillas, nariz y barba: «¡Ah, eso estuvo bien, por Dios que lo estuvo, seré un malnacido, pero eso estuvo bien!»; y la mujer de Nikolái Ivánich, con el rostro enrojecido, se levantó y se retiró con rapidez. Yákov estaba contento como un niño con su victoria; su rostro estaba transfigurado, sus ojos brillaban felices. Lo arrastraron hasta el mostrador, llamó al campesino lloroso del rincón para que se uniera, y pidió a uno de los hijos de nuestro anfitrión que saliera en busca del Contratista, al que no encontraron, y dio comienzo la celebración.

—Tienes que cantar otra vez, tienes que cantar hasta que se acabe el día —repetía una y otra vez el Atontao, elevando sus brazos al cielo.

Eché un último vistazo a Yákov y salí. No quería quedarme, temía echar a perder el momento.


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