Del album de un cazador
Del album de un cazador —No, ¿para qué? VolverÃa a perderlo todo, ahora tengo que tomarme tiempo. Pero por favor, dÃgame, ¿es caro Moscú?
—No, no demasiado.
—¿No demasiado? Entonces, por favor, dÃgame, ¿hay gitanos en Moscú?
—¿Qué clase de gitanos?
—Los que se desplazan con las ferias de caballos.
—Pues sÃ, en Moscú…
—Espléndido. Me encantan los gitanos, diablos, los adoro…
Y los ojos de Piotr Petróvich brillaron con felicidad feroz. De pronto se retorció en su asiento, se quedó pensativo, agachó la cabeza y me extendió su vaso vacÃo.
—Deme una gota de su ron —me dijo.
—Ya no queda té.
—No importa, lo tomaré solo, sin té… ¡Oh!
Karatáiev se llevó las manos a la cabeza y apoyó los codos sobre la mesa. Lo contemplé en silencio y esperé el arranque pasional, las lágrimas a las que los borrachos son tan aficionados, pero cuando levantó la cabeza lo que me sorprendió, lo confieso, fue la pesadumbre que le cubrÃa el rostro.
—¿Qué le ocurre?