Del album de un cazador

Del album de un cazador

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—Poseía, mi querido amigo —respondió, deteniéndose en cada palabra y mirándome directamente a los ojos— una docena de perros de caza, como había pocos, créame, pocos. —Esta última palabra prácticamente la cantó—. Se abalanzaban sobre un zorro en un instante; eran como serpientes, víboras. Y puedo enorgullecerme también de mi borzoi. Ahora todo pertenece al pasado, no tengo por qué mentirle. También salía de caza con escopeta. Tenía una perra llamada Conteska, una excepcional perra de muestra, atrapaba todo como con un sexto sentido. Digamos que entrábamos en una marisma. Le decía: cherche! Si no le daba por buscar, ya habría podido enviar una docena y habría perdido el tiempo, ¡no encontraría nada de nada! Pero cuando buscaba, se habría dejado matar. Y en casa era tan bien educada. Le daba un trozo de pan con la mano izquierda y le decía: «Los judíos han comido el resto», y no lo cogía; pero si se lo daba con la derecha y le decía: «Una señorita se come esto», se lo zampaba en un santiamén. Tuve una cría suya, un ca-chorrito excelente, quería traérmelo conmigo a Moscú, pero un amigo me pidió que se lo regalara junto con mi escopeta. Me dijo: «No lo necesitarás en Moscú, querido amigo. En Moscú las cosas son muy distintas». Así que le dejé el cachorro y la escopeta. Todo ha quedado atrás ahora, como ve.

—Pero en Moscú se puede ir de caza.


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