Del album de un cazador

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»Es posible —continuó el narrador— que me acuse usted por encariñarme de una chica de la clase baja. No pretendo justificarme, ¡es lo que ocurrió! Créame, no estaba tranquilo, ni de día ni de noche. ¡Me atormentaba! ¿Por qué habré arruinado la vida de la muchacha?, pensaba. No bien me la imaginaba con un rudo abrigo de paño paseando los gansos, viviendo en las condiciones más aberrantes por órdenes de su ama, y con los insultos del responsable de la aldea, un campesino de botas untadas en brea, me venía un sudor frío. En fin, un buen día no lo soporté más. Descubrí a qué aldea la habían enviado, monté mi caballo y me dirigí hacia allí. Llegué en la noche del día siguiente. Era evidente que no esperaban mi reacción, y no tenían órdenes concretas sobre cómo lidiar conmigo. Me dirigí directamente al responsable como un vecino más. Entré en la parcela y vi a Matriona sentada en el porche, con la cabeza apoyada en la mano. A punto estuvo de gritar, pero le hice un gesto y señalé hacia el campo trasero y los campos de siembra. Entré en la cabaña del campesino, comencé a charlar con el responsable, le conté no sé qué tontería, y en cuanto tuve ocasión salí a encontrarme con Matriona. La pobrecita se me echó al cuello. Estaba pálida y delgada, mi querida. Le dije: «Está bien, Matriona, no llores», pero mis propias lágrimas me corrían por las mejillas. En fin, que al final me sentí muy avergonzado por lo que había hecho y le dije: «Matriona, las lágrimas no nos ayudarán, lo que tenemos que hacer es actuar con decisión, como se dice. Tienes que venirte conmigo ahora. Eso es lo que tenemos que hacer». Matriona se quedó helada. «¡No podemos! ¡Estaré perdida, me comerán viva!». «Estás siendo una chiquilla, ¿quién va a venir a buscarte?». «Alguien vendrá, eso es seguro. Se lo agradezco, Piotr Petróvich, jamás podré olvidar su generosidad, pero debe usted marcharse ahora. Ya puedo ver lo que el destino me depara». «¡Oh, Matriona, Matriona, y yo que creía que eras una joven de carácter!». Y en efecto, tenía mucho carácter, y también tenía un corazón… ¡un corazón de oro! «¡No te hará ningún bien quedarte aquí! No será peor si vienes conmigo. Dime, ¿ya te ha golpeado el responsable con sus puños?». Cuando dije eso me miró con ojos febriles y sus labios temblaron. «Por mi culpa mi familia va a perder su puesto». «Bien, tu familia, ¿van a enviarlos a alguna parte?». «Sí. Mi hermano será enviado al ejército». «¿Y tu padre?». «No, a él no lo tocarán; es el único sastre bueno de estos lugares». «Bien, pues ya lo ves. Y tampoco eso será malo para tu hermano». Créame, me costó persuadirla, pero al final dijo que lo que ocurriera sería mi responsabilidad… «Eso», le dije, «no te incumbe». Pero me la llevé conmigo, aunque no en ese mismo momento. Fui con un carro por la noche y me la llevé.


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