Del album de un cazador

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Y Piotr Petróvich rompió en amargas lágrimas.

—¿Qué cree usted que pasó? —continuó, golpeando la mesa con los puños e intentando fruncir el entrecejo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas ardientes—. La chica se entregó, fue y se entregó…

—¡Los caballos están listos, señor! —exclamó triunfal el encargado entrando en la sala.

Ambos nos levantamos.

—¿Qué fue de Matriona? —pregunté.

Karatáiev hizo un gesto con la mano.

Un año más tarde de mi encuentro con Karatáiev tuve ocasión de viajar a Moscú. Una noche, justo antes de la cena, entré por casualidad en una cafetería en la calle Ojotny Riad, la primera cafetería de Moscú. En la sala del billar, a través de las capas de humo, se podían ver caras rojas como remolachas, bigotes, peinados, chaquetas cortas de estilo húngaro pasadas de moda y lo último en la moda eslava. Caballeros de edad, esqueléticos en sus levitas modestas, leían periódicos rusos. Los camareros corrían enérgicos con bandejas pero sus pasos se suavizaban por las alfombras verdes. Los comerciantes bebían su té con una concentración que daba pena. De pronto, un hombre salió de la sala del billar con aspecto algo desaliñado y paso poco firme. Se metió las manos en los bolsillos, estiró la cabeza y miró con expresión atontada a su alrededor.


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