Del album de un cazador
Del album de un cazador Antes de detenerme en este bosquecillo de abedules, había atravesado con mi perro una arboleda de altos álamos. Confieso que no es un árbol que me entusiasme, el álamo, con su tronco de un violeta pálido y su follaje verde-grisáceo que se eleva tan alto como es posible para extenderse arriba como un abanico tembloroso; tampoco me gusta el balanceo constante y nervioso de las hojas que con tan poca elegancia aparecen atadas a los tallos interminables que nacen de su tronco. Solo es hermoso en ciertas noches estivales, cuando, en medio de los arbustos más bajos, se enfrenta en soledad a los rayos inflamados del ocaso, y reluce y se estremece, bañado desde sus copas más altas hasta las raíces por una luz uniforme, amarilla y púrpura; o cuando, en un claro día ventoso, se estremece y murmura, recortado contra el azul del cielo, y cada una de sus hojas, inundada por el ardor del viento, parece querer zafarse y perderse a lo lejos. Pero en general no me gusta este árbol y, por lo tanto, sin detenerme a descansar en la arboleda de álamos, me dirigí hacia el pequeño bosque de abedules, me acomodé bajo un espécimen cuyas ramas comenzaban casi a ras de suelo y me protegían de la lluvia. Admirando cuanto me rodeaba, caí en esa clase de sueño despreocupado y poco profundo que solo reconocerán los cazadores.