Del album de un cazador

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Desde mi escondrijo lo examiné con curiosidad. Confieso que me produjo mala impresión. Parecía el pomposo ayuda de cámara de algún amo adinerado. Sus ropajes reflejaban una cierta pretensión de buen gusto y naturalidad propia de los dandis: consistían en un abrigo corto de color bronce, abotonado hasta el cuello y, lo más probable, heredado de su amo, una corbatita violácea y rosada y una gorra negra rematada en hilo dorado encasquetada hasta las cejas. El cuello de su camisa blanca le presionaba sin misericordia las orejas e incluso mordisqueaba su mentón, mientras que los puños almidonados cubrían sus manos hasta los dedos rojizos y retorcidos, adornados con anillos de oro y plata que contenían nomeolvides moradas. Su rostro encendido, descansado e insolente, pertenecía a la categoría de rostros que, por lo que he podido juzgar, casi de forma invariable enojan a los hombres, y, desafortunadamente, suelen agradar a las mujeres. Era evidente que estaba haciendo un esfuerzo para dotar a sus rasgos poco agraciados con una expresión de superioridad y aburrimiento; no dejaba de entrecerrar sus ya diminutos ojos grises y lechosos, fruncía el ceño, dejaba colgar su boca en las comisuras, bostezaba y, con aire despreocupado, aunque no enteramente satisfactorio, de desenfreno, o bien se retocaba el rojo cabello repeinado, o bien se retorcía los pequeños pelillos rubios que sobresalían de su labio superior. En una palabra, era un engreído de aúpa. Comenzó a presumir en cuanto vio a la muchacha campesina esperándole; se le acercó con parsimonia, se detuvo, se encogió de hombros, se metió las dos manos en los bolsillos de su abrigo y, con apenas una mirada indiferente a la pobre muchacha, se sentó en el suelo.


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