Del album de un cazador
Del album de un cazador El extraño hablaba con voz nasal, a trompicones y con inusitada rapidez. Le miré el rostro. En todos los dÃas de mi vida nunca he visto nadie como él. ImagÃnense, queridos lectores, un hombre bajito, rubio, con una nariz pequeña y levantada hacia arriba y los bigotes rojizos más largos que pueda imaginarse. Un sombrero cónico de estilo persa con la parte superior forrada de un material de color grana le cubrÃa la frente hasta las cejas. Llevaba un abrigo amarillo, desgastado y estrecho, con cartucheras de terciopelo negro sobre el penacho y un forro de color plata deshilachado en las costuras. TenÃa un cuerno sobre el hombro y una daga en el cinturón. Un desarrapado caballo de manto rojizo no paraba de moverse debajo de su montura, como si estuviera poseÃdo, y un par de perros de borzoi, delgados y patizambos, correteaban a sus pies. El rostro, la mirada, la voz y cada uno de sus movimientos, desprendÃan un valor sin lÃmites y temerario, asà como una arrogancia desmedida. Sus ojos vidriosos de color azul miraban de un lado a otro, como si estuviera borracho. TenÃa una forma de echar la cabeza hacia atrás inflando los carrillos, resoplando y estremeciendo todo su cuerpo, sin importarle nada, como si fuera un pavo. Repitió su pregunta.
—No sabÃa que estuviera prohibido cazar aquà —respondÃ.
—Usted lo tiene prohibido, mi buen señor —continuó— en mis tierras.