Del album de un cazador
Del album de un cazador Media hora más tarde nadie nos habría reconocido, porque estábamos charlando y bromeando como chiquillos. Masha era la más animada de todos y Chertopjánov simplemente la devoraba con los ojos. Su rostro había empalidecido, las aletas de su nariz se dilataban y sus ojos refulgían y se oscurecían, todo al mismo tiempo. La muchacha salvaje se había soltado la melena. Nedopiúskin renqueaba detrás de ella sobre sus piernas cortas y rollizas, igual que un pato tras una pata. Incluso Venzor salió de debajo del banco del zaguán, se quedó de pie en el umbral de la puerta, nos contempló y de pronto se puso a saltar y a ladrar. Masha se precipitó a la otra habitación, trajo la guitarra, se quitó el chal de los hombros, se sentó a toda prisa, levantó su cabeza y comenzó a cantar una canción gitana. Su voz temblaba y vibraba como una campanilla agrietada, elevándose para acabar apagándose… El corazón se estremecía tanto como se sentía lleno de congoja. «Eh, enciende mi corazón, y habla», cantaba la muchacha, y Chertopjánov comenzó a bailar al son. Nedopiúskin pataleaba y se movía con cierta afectación. Masha brillaba de los pies a la cabeza, igual que un tronco de abedul en el fuego, y sus finos dedos recorrían con pericia la guitarra, y su cuello oscuro se elevaba de forma gradual sobre su collar de ámbar de dos vueltas. A veces dejaba de hablar, y parecía exhausta, como si no estuviera dispuesta a tocar las cuerdas, y entonces Chertopjánov guardaba silencio, limitándose a encogerse de hombros y a mover sus pies, mientras que Nedopiúskin no hacía más que mover su cabeza como si fuera un chino de porcelana; y entonces de nuevo ella dejaba fluir las palabras y comenzaba a cantar como una poseída, irguiendo su cintura y sacando el busto, y Chertopjánov se encogía de nuevo en una danza cosaca, para luego saltar hasta el techo, gritando: