Del album de un cazador

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Cazando en la región de Zhizdra me hice amigo de un pequeño terrateniente de Kaluga, Polutikin, apasionado cazador y, por consiguiente, excelente persona. Hay que admitir que había adquirido un par de debilidades: por ejemplo, cortejaba a todas las jóvenes ricas de la provincia y, cuando se le denegaban tanto sus manos como la admisión a sus casas, confesaba su inmensa desdicha a todos sus amigos y conocidos sin dejar por ello de enviar presentes a los padres de las muchachas, melocotones amargos y otros manjares de su jardín; le gustaba repetir la misma anécdota, la cual, a pesar de la alta opinión que el señor Polutikin poseía sobre ella, no lograba arrancar risas de nadie; elogiaba los trabajos de Akim Najímov y la novela corta Pinna[4]; tartamudeaba; llamaba Astrónomo a su perro; en lugar de decir pero decía no obstante, e introdujo la cocina francesa en su casa, el secreto de la cual, de acuerdo con las ideas de su cocinero, consistía en alterar por completo el sabor natural de cada plato. En las manos de este maestro la carne parecía pescado, el pescado setas, y los macarrones polvo; es más, no se permitía la inclusión de ninguna zanahoria en sus sopas si antes no había asumido una figura de rombo o trapecio. Pero dejando a un lado aquellos defectos parcos e insignificantes, el señor Polutikin era, como he dicho, un tipo excelente.

El día de nuestro encuentro Polutikin me invitó a pasar la noche en su casa.


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