Del album de un cazador
Del album de un cazador —¿No conocerá usted —comenzó, con voz débil y temblorosa (resultado del rapé de abedul sin adulterar)— no conocerá usted por casualidad al juez local, Milov, Pável Lúkich…? No lo conoce… Bueno, no importa. —Tosió durante un rato y se secó los ojos—. Verá, fue asÃ, como suele decirse, «por no mentir»; fue durante la Cuaresma, en pleno deshielo. Estaba sentado con él, nos encontrábamos en su casa, y jugábamos al préférence. Este juez es un buen hombre y le encanta jugar al préférence. De pronto —mi médico parecÃa afecto a esta expresión—, de pronto me dicen que hay alguien que me busca. Pregunto qué es lo que quiere. La persona en cuestión trae una nota, debe de ser de un paciente. Déjeme verla, digo. SÃ, es de un paciente… Muy bien, está bien, ya sabe, es nuestro pan de cada dÃa… La cosa es como sigue: la nota es de una dama, la viuda de un terrateniente que dice que su hija se muere, venga por el amor de Dios, he enviado caballos a recogerlo. Bueno, hasta aquà la cosa es normal, ¡excepto que vive a veinte verstas, afuera está oscuro y el camino es deplorable! Y lo que es más, ella misma no posee una gran fortuna, es posible que solo me signifique un par de monedas de plata, o ni eso, probablemente tendré que conformarme con un trozo de tela y unos cuantos mendrugos, o algo por el estilo. Pero el deber es lo primero, ya sabe, cuando alguien se está muriendo. De pronto le paso mis cartas a un miembro del grupo de siempre, KalliopÃn, y salgo en dirección a mi casa. Veo un pequeño carro frente a mi porche, enganchado con caballos de campesinos, con las panzas que les cuelgan, panzas enormes, y con unas mantas de lana gruesas como fieltro echadas por encima, y un cochero sentado en el pescante con la cabeza descubierta en señal de respeto… Bueno, me digo, está claro como el agua, mi querido amigo, tus amos no comen de un plato de oro… Puede reÃrse, pero le diré una cosa, los que somos pobres nos damos cuenta de cosas asÃ… Si el cochero está ahà sentado como un prÃncipe, por ejemplo, si no se descubre la cabeza y hasta sonrÃe bajo la barba, y hace florituras con el látigo, ¡puede apostar que se llevará usted un par de billetes gordos! Pero me huelo que no va a haber nada de esto en este caso. De todas formas, me digo, no puedes hacer nada sobre ello, el deber es lo primero. Cojo los medicamentos más habituales y me pongo en marcha. Lo crea o no, apenas consigo llegar hasta a mi destino. El camino es un infierno: riachuelos, nieve, barro, ráfagas de viento de repente huracanadas; ¡un desastre! Aun asÃ, logro llegar. La casa es pequeña, con techo de paja. Hay luz en las ventanas, aún me esperan. Entro. Me encuentro con una anciana muy digna, con una cofia. «Por favor, ayúdenos», me dice, «se muere». Yo le digo: «No se preocupe. ¿Dónde está la paciente?». «Por aquÃ, por favor». Echo un vistazo a la limpia habitación, con una lámpara en la esquina y una muchacha de unos veinte años echada sobre la cama, inconsciente. Está ardiendo y respira con dificultad febril. Hay dos muchachas más, sus hermanas, asustadas y sollozantes. «Ayer por la noche», me explican, «estaba perfectamente y tenÃa buen apetito; esta mañana se ha quejado de un dolor de cabeza, pero hacia el crepúsculo se ha puesto asÃ, de pronto…». Yo les repito: «No se preocupen», es el deber de un médico, ya sabe; asà que me pongo a trabajar. La sangro, pido cataplasmas, escribo una receta. Entretanto la miro, no puedo dejar de mirar, ya sabe; en fin, Dios mÃo, nunca he visto un rostro como el suyo… en una palabra, ¡una hermosura! Mi compasión por la joven me está matando. Unos rasgos tan delicados, unos ojos… Entonces, gracias a Dios, comenzó a mejorar, a sudar la fiebre, se dio cuenta de dónde se encontraba, miró a su alrededor, sonrió, se pasó la mano por la cara… Sus hermanas se echaron sobre ella y le preguntaron: «¿Cómo te encuentras?». «Estoy bien», dijo y se dio la vuelta… Veo que se ha quedado dormida. Muy bien, digo, debemos dejarla descansar. Asà que todos salimos de puntillas de la habitación; solo se queda una criada para vigilarla. En la salita el samovar está listo, y también una botella de ron jamaicano… En mi negocio son cosas inevitables. Me ofrecen té y me ruegan que me quede a pasar la noche… Digo que sÃ: ¿adónde voy a irme a esas horas? La anciana no deja de gemir y de suspirar. «¿Por qué suspira?», le digo. «Va a salir de esta, no se preocupe. SerÃa mejor si usted también descansara. Son las dos de la mañana». «Pero ¿me despertará usted si pasa algo?». «Haré que la despierten, no se preocupe». La anciana se retira a su habitación y las hermanas a las suyas. Me prepararon una cama en la salita. Me eché, pero no lograba dormirme, ¡todo era tan insólito! Cualquiera habrÃa pensado que estarÃa destrozado por el viaje. Pero no podÃa quitarme de la cabeza a la paciente. Al cabo no pude aguantarlo más y de pronto me levanté, con la idea de ir a ver cómo se encontraba. Su habitación era contigua a la salita. Pues bien, me levanté y abrà su puerta con cuidado, el corazón me latÃa intensamente. Veo que la criada está dormida, ¡la maldita tiene la boca abierta y está roncando! Pero la enferma está echada con el rostro vuelto hacia mà y con los brazos caÃdos de cualquier manera, pobrecilla. En cuanto me acerco abre los ojos de pronto y los clava en mÃ. «¿Quién es? ¿Quién es?». Me entró el pánico. «Muy bien, no te asustes, querida», le digo. «Soy el médico, y he venido a ver cómo estás». «¿Usted es el médico?». «El médico, sÃ, el médico… Tu madre envió por mà a la ciudad. Te he sangrado, querida, y ahora debes descansar y en un par de dÃas, si Dios quiere, estarás andando». «Oh, sÃ, doctor, no debe usted dejarme morir… Se lo ruego». «No digas esas cosas, ¡que el Señor te guarde!». Pero le habÃa vuelto la fiebre, o eso me parecÃa; le tomé el pulso: sÃ, la fiebre. Me miró fijamente y, de pronto, me agarró de la mano. «Le contaré por qué no quiero morirme, se lo contaré todo… Ahora que estamos a solas. Solo le pido que no se lo diga… A nadie… Escúcheme». Me agaché hasta ella y con esfuerzo me habló al oÃdo, y su cabello me rozó la mejilla; entonces comenzó a murmurar… No entendÃa nada de lo que decÃa… Obviamente, deliraba… Susurró, susurró, tan rápido que no parecÃa ruso, y entonces, estremeciéndose, dejó de hablar, volvió a dejar caer la cabeza sobre la almohada y me amenazó con el dedo: «Tenga cuidado de no contárselo a nadie, doctor». Logré calmarla de alguna forma, le di algo de beber, desperté a la criada y salà de allÃ.