Del album de un cazador
Del album de un cazador Una vez, vagabundeando con Yermolái por los campos en busca de perdices, vi una huerta en estado de abandono, y allí me dirigí. Apenas había entrado cuando una chochaperdiz levantó vuelo desde detrás de unos arbustos. Justo cuando disparaba, a pocos pasos de mí, se oyó un grito, y el rostro acongojado de una muchacha joven se asomó desde detrás de los árboles para desvanecerse al instante. Yermolái corrió hasta mí: «¿Por qué dispara? ¡Aquí vive un terrateniente!».
Apenas tuve tiempo de responderle, mi perro apenas había tenido tiempo de traerme la presa con digno orgullo, cuando se oyeron pasos presurosos y un hombre alto y bigotudo emergió de detrás de un arbusto grueso, contemplándome con desaprobación. Me disculpé lo mejor que pude, le di mi nombre y le ofrecí la presa que había abatido en su tierra.
—Como guste —dijo con una sonrisa—. Aceptaré su presa, con la condición de que se quede y cene conmigo.
Confieso que su oferta no me satisfacía, pero me era imposible rechazarla.
—Soy Radílov, un terrateniente de esta zona, y vecino suyo: es posible que haya oído hablar de mí —continuó mi recién conocido—. Hoy es domingo y deberíamos tener una buena cena, o no lo habría invitado.