Cartas de amor
Cartas de amor Mi querida, queridísima Livy: Cuando anoche me encontraba a gusto en el vagón (Dan[2] acaba de volver de desayunar y estoy viendo que dentro de cinco minutos va a regresar y me va a interrumpir)… Cuando anoche me encontraba a gusto en el vagón, me dije a mí mismo: «Ahora no importa lo que los demás puedan pensar, yo creo que soy el más dichoso de todos los hombres de la tierra, he conocido la felicidad suprema durante dos días enteros y ahora debería estar preparado y dispuesto a prestar un poco de atención a algunas obligaciones ineludibles, y hacerlo con buen ánimo». Por lo tanto, decidí preparar esta conferencia tranquilamente, sin apuntes, y así grabarla en mi memoria y en mi entendimiento para no rendirme en el futuro, como pensé que había ocurrido en Elmira. Pero no había calculado el precio de un propósito como éste. Nunca antes una conferencia había estado tan llena de paréntesis. Era Livy, Livy, Livy, Livy, de un extremo a otro. Había una frase del Vándalo[3] por cada diez frases sobre ti. ¡La insignificante conferencia estaba oculta, perdida, abrumada y sepultada bajo un universo sin límites de Livy! Lamenté no haber tomado jamás una decisión tan temeraria por temor a que fuese imposible lograrlo. Sin embargo, habiéndolo hecho, debía seguirla hasta terminar, y eso hice. Pero era bastante tarde esa noche. Luego, con la conciencia limpia, recé, y con buen corazón… pero fue sólo cuando recé por ti cuando la inspiración tocó mi lengua. Seguro que te reirás imaginándome a mí, rezando por ti; yo, que siempre he necesitado las oraciones de todos mis buenos amigos, rezando por ti, quien seguramente no necesita las oraciones de nadie. Pero no importa, Livy, la oración fue honesta y sincera; por lo menos fue eso, y sé que fue escuchada.