Cartas de amor
Cartas de amor En fin, sabes que vivo a medio camino entre la casa de los Hooker y la oficina de correos, son seis millas exactas, llegué allí en el momento oportuno para enviar mi carta tres horas y media antes de que cerrara la oficina de correos y te aseguro que me alegré y me sentí inteligente. Después compré cuatro nuevos números del Appleton’s Journal, subí a la ciudad e hice una visita de un minuto a Billy Gross, luego me fui de allí olvidándome los Appleton, bajé al fotógrafo y le pedí muchas copias del negativo de la porcelana que te di y cuando me fui olvidé mi paraguas, luego regresé corriendo a casa de Gross para recuperar mis Appleton, y crucé al otro lado, emprendí el camino de regreso y cuando ya había recorrido unas tres millas y media me acordé de mi paraguas, y pensé: «Está bien, nunca me ha ocurrido nada negativo que luego no haya resultado ser una bendición disfrazada», así que di media vuelta y volví sobre mis pasos, mojado pero alegre… El doble de tres millas y media son unas nueve millas… Recuperé mi paraguas y me puse en marcha cuando un tipo dijo: «Oh, qué bien, ¿es usted?… tiene mi paraguas… qué extraño encontrarle aquí». Y la verdad es que era extraño. Inconscientemente nos habíamos cambiado los paraguas en la oficina de correos por confusión, o en alguna otra parte, y aquí, tanto tiempo después y tan lejos de allí, me lo encuentro sin buscarlo, yo con su propio paraguas, a él mirando esas fotografías con mi viejo embudo en la mano. Pero en cuanto recogí su pertenencia la reconoció… un espléndido paraguas, con su mágica funda, su cronómetro marino, lo compró por mil dólares en París… Y lo que él tenía era incuestionablemente mi paraguas, porque lo que quedaba de su cuello de papel estaba empapado hasta el final de su espalda y estuvo a punto de ahogarse antes de percatarse de la pequeña particularidad de mi pertenencia… Pasó por esta tienda de daguerrotipos y entró en ella justo a tiempo para salvar su vida. Y él sí que estaba mojado, Livy, créeme. Se alegró mucho al verme. Y yo me fui feliz, pensando: «Nunca me ha ocurrido nada negativo que luego no haya resultado ser una bendición disfrazada… y en este caso se ha cumplido, ha sido una bendición… para ese otro tipo». Después me fui a casa. Y desde entonces he escrito una pequeña y bonita historia acerca de un príncipe negro que fue sacado de África… lo vendieron como esclavo en América, y el público americano lo descubrió 30 años después y se lo compró a su dueño para enviarlo de nuevo a casa, a Tombuctú… Es una historia real, el Reverendo Trumbull me lo ha contado… Su padre ha visto a este pobre diablo con sus propios ojos y T. me ha enseñado su majestuoso retrato (original) pintado por Inman[8]. Si estuvieras aquí podrías leer esta conmovedora historia, cariño, podrías apreciar toda la poesía marginal, tachar todas las bromas que no entiendas, y todas las… Bueno, cualquier cosa… Lo podrías tachar todo si quisieras; porque si a Livy no le gusta, nadie más debería tener la oportunidad de que le guste. Y ahora ya son las doce de la noche… y ¡todo está bien!