Cartas de amor
Cartas de amor «Hace un año, fui tan tonto como para irme a Europa. Cuando regresé, fui tan tonto como para pensar que sabía mucho acerca de Europa y que al público le gustaría oírlo. Pensé que contarían conmigo para dar una conferencia, así que empecé a prepararme rápidamente. Escribí mi conferencia en el tercer piso de una imprenta en los intervalos de los encargos para “copiar”, y pensé que era un esfuerzo muy digno de elogio. Dije para mis adentros, puedo hacerlo tan bien como Mark Twain… y si pudiese contar con su público, se lo demostraría. Luego esperé el aluvión: la riada de invitaciones de los liceos. Era una buena oportunidad por la que merecía la pena esperar… una extraordinaria oportunidad… nunca ha dejado de serlo. Sigo esperando. No recibí ninguna invitación. No podía entenderlo. Pero sabía que la gente se desvivía por la conferencia, así que dejé de preocuparme por las invitaciones, fui y tomé la Academia por mi propia cuenta. Cuando llegó el momento, estaba listo, así como otras once personas. A las ocho y media, cuando vi que el ajetreo había terminado y que incuestionablemente se había congregado toda la audiencia, me subí a la tribuna con mis manuscritos, e instruí a esas once personas durante una hora y media. El experimento me salió por unos 75$. Me encontré con un amigo un par de días después y me dijo que había oído que había estado saliendo por ahí dando conferencias. Le dije que sí, que todavía andaba saliendo por ahí.