Cartas de amor

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Le dije que mi conferencia era propiedad mía y que ningún hombre tenía derecho a quitármela ni a imprimirla, así como tampoco tendría derecho a quitarme cualquier otra propiedad. Le dije: «Hace un rato le mostré la hora en mi reloj, y en ningún momento se me ocurrió que podría arrancármelo de manera que sólo quedara un absurdo vacío para el próximo hombre que me pidiese la hora… Pero ahora le veo meditando sobre si arrancarme la conferencia con su sinopsis y convertirla en un vacío para el público futuro. Me ve aquí sentado tan tranquilo, aun sabiendo que podría irse de pronto con mi maleta mientras hablo con estos señores… Pero no va a robar mi maleta, porque es propiedad… propiedad mía. Ahora coja la maleta y deje en paz la conferencia. Yo soy el dueño de estas dos cosas; sólo yo. Coja la maleta, sólo vale cien dólares… la conferencia vale diez mil».

Por supuesto, todo esto fue muy amistoso y bienintencionado. Intentaba hacerle comprender lo equivocado que estaba; no quise ofenderle, y no lo hice.

Pero Livy, si su jefe le ordena hacer una reseña de la conferencia, no puede hacer nada para evitarlo… porque aunque la ley proteja estrictamente lo que un zapatero crea con sus manos, no protegerá lo que yo he creado con mi mente.


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