Cartas de amor
Cartas de amor ¡Oh, la música era increÃble! ¡Era soberbia! ¡Era el éxtasis de la armonÃa! Con la primera gran explosión de ricos sonidos, empecé a soñar y pensé: ¡el Cielo! ¡Vaya coro! Y miré hacia arriba, y ¡sólo habÃa cuatro cantantes! Pero de qué forma se compenetraban y se mezclaban sus voces, y de qué forma ascendÃan por momentos, para luego ir debilitándose y finalmente apagarse… ¡Y después hincharse hacia arriba de nuevo, y extenderse por toda la atmósfera hechizada en un ebrio éxtasis de melodÃa! ¡Madre mÃa! ¡Menuda soprano! Pensé que se me iban a erizar todos los cabellos de placer, y de nuevo miré y me pregunté si ese gran torrente de suave voz realmente salÃa de un cuerpo tan pequeño… y cómo podÃa brotar con esa absoluta ausencia de esfuerzo.
Y cuando cantaron «O’er The Dark Waves Of Galilee» me sentà como si no pudiera permanecer sentado. ¡Qué veneración habÃa en la música! ¡Cómo predicaba, cómo imploraba! ¡Y qué mundana y meramente humana parecÃa la pobre e insulsa declamación del clérigo! Él no podÃa hacernos llegar la desolación y el abandono de Cristo, ¡pero la música sÃ!
¡Oh, Hattie Lewis no habrÃa cabido en sà de dicha si hubiera estado aquÃ! Livy, ¡no he oÃdo nada parecido en toda mi vida!