Cartas de amor
Cartas de amor Ya sabes que la autosatisfacción de algunas personas no puede doblegarse de ningún modo. En medio de esa hermosa música una vieja delgaducha que estaba a mi lado afinó su gaita y empezó a aullar. Estuve a punto de golpearla con un banco en la cabeza. Nunca vi mayor descaro que el de esa mujer.
La segunda canción era demasiado complicada para ella y me dio un descanso. Durante la tercera, aguanté la primera estrofa como si de una tortura se tratara, y me sentí muy feliz, satisfecho y a salvo… Pero en la segunda estrofa, la venerable lechuza volvió a la carga y rechinó con su sierra a lo largo de todo el cántico.
El joven que me acompañaba se cansó del sermón pronto. Obviamente no estaba acostumbrado a ir a la iglesia, aunque hablara como si lo estuviera. Hacia el final se fue encogiendo hasta quedar descansado sobre el final de su columna; luego apoyó sus dos rodillas bien altas contra el banco que tenía enfrente; se frotó los muslos pensativamente con las manos; bostezó; intentó estirarse dos veces, pero le interrumpieron y pareció abatido y apesadumbrado; miró su reloj tres veces; y al final eructó. Después me deshice de él. (1 de la madrugada. Buenas noches y que Dios te bendiga y te proteja, mi amor).
SAM
* No es elegante, Livy, pero no hay otra forma de decirlo.