Cartas de amor
Cartas de amor ¡Cómo me regodeo cuando una de esas personas se lamenta de que no pueda «quedarme más tiempo» para ver su maldito pueblo! ¡Y cuán desvergonzadamente repito la trillada mentira de que lo siento!
(Después de haber visitado las maravillas naturales, tenemos que visitar otras maravillas inanimadas de rostros apagados, pero con piernas, lo que demuestra que son humanos: el alcalde, el hombre más rico, el bromista del pueblo (quien enseguida me asalta con bromas pasadas de moda y humor de carácter profano), el editor del pueblo… y muchas personas más que no me interesan ni lo más mínimo y a las que no quiero ver. ¡Y cuando, por alguna divina casualidad uno de ellos no está en casa, brota de mi corazón una ferviente oración de gratitud!).
Sólo tengo que someterme a estas imposiciones cuando soy el invitado de alguien y no puedo negarme a sufrirlas a cambio de su hospitalidad. Cuando pago mis propias facturas en un hotel, corto bruscamente diciendo: No, caballero, nada de maravillas pueblerinas para este contribuyente, por favor.
Aquí estoy en un hotel; el Clinton House; y es un hotel espantoso: cama vieja, habitación vieja, muebles viejos, luces débiles… todo viejo y desagradable.