Cartas de amor
Cartas de amor Me he encontrado tres veces con Sam Bowles, del Springfield Republican, y a pesar de que me escribiera una nota diciéndome que debía sentarme a su mesa siempre que estuviera en Springfield, me avergonzó descubrir que algo en el fondo de mi corazón siempre me decía que era un miserable desde la cuna. Y a pesar de mi vergüenza, no podía evitar reconfortarme a mí mismo con la idea de que mis juicios sobre los hombres aciertan más que yerran. El otro día nos lo encontramos y después dije: «Nasby, nunca he oído a nadie decir algo malo contra Sam Bowles, y siempre me ha tratado con educación, pero no puedo desterrar la idea de que es un perro», y Nasby me contestó que muchísimas personas tienen pruebas convincentes de que el Sr. Bowles es exactamente eso. Luego recordé cómo había tratado a Richardson, algo que se me había olvidado desde que me lo dijera Bliss el otro día. Y anoche Twichell me contó en secreto que el pasado junio, Hawley y Warner estaban encantados con la idea de tenerme en el Courant, pero corrieron a consultar a Bowles, el gran oráculo periodístico, y éste les recomendó no hacerlo… y fueron tan simples que confiaron en la palabra de un hombre que acababa de llegar de California, que sabía el papel que yo representaba y que por lo tanto sabía cómo podía triunfar aquí. Querida Livy, supongo que no podríamos soltar todas las amarras de Buffalo fácilmente, así que también podríamos abandonar Hartford… Pero por Dios, ¡cuánto me gustaría poner al Courant en contra del complaciente Springfield Republican, y poner enfermo a ese periodista! ¡Cuánto me gustaría!