Cartas de amor
Cartas de amor Anoche disfruté mucho con la conferencia (en Slatersville; el lugar ha cambiado), y me hospedó de verdad muy acogedoramente una familia particular; algo raro en Nueva Inglaterra. La noche anterior, el abusón de la casa donde me quedé se aprovechó de su hospitalidad (me estaba desvistiendo y no podía irme) y me pidió que rebajara el precio de la conferencia diez dólares… lo pidió como una donación para su sociedad. Le dije que no lo haría; que odiaba el mal uso que se suele hacer de la palabra «caridad». Me dijo que les había gustado la conferencia y que querían mantener la sociedad para poder oírme el próximo invierno. Le contesté que si después de que llenara la sala de público tenían la desfachatez de pedirme que rebajara el precio es que no tenían dinero suficiente para volver a contratarme como conferenciante en este lugar. Por la mañana me llamó para desayunar pero le dije que como sólo eran las siete, me las apañaría sin desayuno hasta que pudiera conseguirlo en otra ciudad. Y cuando bajé las escaleras, le dije: «Doctor Sanborn, aquí tiene diez dólares por mi noche de alojamiento». Me dijo que estaba muy agradecido y que se lo daría al comité. Le contesté que no debía hacer nada de eso; no rebajaría ni un centavo mi precio, debía aceptar los diez dólares por su hospitalidad de Nueva Inglaterra o no cogerlos. Los cogió y me dio las gracias servilmente. (Era el médico en jefe de Rockport y un eminente ciudadano).