Cartas de amor
Cartas de amor Me alegro mucho de saber que el bueno de Twichell ha regresado. Quiero oírle gritar lo de «raras, raras, son las tierras allende los mares».
Confunde a los cocineros confusos. Ofrece cinco dólares por semana, y mira a ver si así consigues alguno. Da nuevas voces.
No tengo ocasión de leer nada, cariño mío… Estoy trabajando en la conferencia todo el tiempo; intentando erradicar a Artemus de ella y trabajar en ella yo en persona. Yo digo, tráemelos, y él dice: no. Pero voy a marcar el Lowell para ti; es una pena arruinar esas delicadas páginas.
Que Dios te bendiga, quiero mucho al cachorrito, y lo querré más y más conforme vaya desarrollándose y volviéndose malicioso e interesante. Para mí es un animalillo adorable. Dale un beso de mi parte, mi amor. He encargado el cancionero para él.
Desde que he escrito la última frase, he estado estudiando la guía del ferrocarril durante una hora, cariño, y creo que podré llegar a casa a última hora de la tarde o ya en la noche del sábado, quedarme allí hasta después de las doce y luego seguir hasta Nueva York, donde puedo descansar todo el domingo y la mitad del lunes… o puede que haya un tren diurno el domingo de Hartford a Nueva York. Ya veré. Quiero ver a mi amor, te lo aseguro.
¡Qué sueño!