Cartas de amor

Cartas de amor

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Luego el Sr. Law y yo nos montamos inmediatamente en su calesa y durante dos horas enteras anduvimos alegremente dando tumbos entre las solemnes ruinas, a ambas orillas del río; un día frío y glacial, pero todos los días son iguales gracias a mi abrigo de piel de foca. Sólo puedo decir que hace frío por el aspecto de mi nariz y por la actitud de la gente. No hay literalmente nada en Chicago que no haya visto antes.

Nos sentamos a charlar hasta las diez, y luego todos se fueron a dormir. Yo estuve trabajando hasta después de las doce corrigiendo y modificando mi conferencia, y luego me acosté y dormí como un lirón. Y no me refiero a un lirón enérgico, joven y verde, sino a un lirón agotado, apagado y podrido, que nunca se revuelve o grita. Toda la noche de un tirón. Me he despertado hace veinte minutos; ahora son las once de la mañana, y hay un hombre de pie allí a lo lejos, en la estación, con un carruaje listo para recibirme en cuanto salga del tren de Kalamazoo. Le mandé un telegrama diciéndole que esta mañana estaría puntualmente a las once en Chicago, y he cumplido mi palabra, aquí estoy. Pero puedo explicarle fácilmente que la razón por la que no me ha encontrado es que me refería a las once en punto de una forma general, y no en particular, y que no le culpo a él… en particular.


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