Cartas de amor

Cartas de amor

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«¿Dónde llevamos al otro hombre?».

Yo: «Llevadlo a la biblioteca y dejad la puerta abierta».

Me quedé en el estudio. Lizzy entró con un tipo alto, musculoso y apuesto, de unos 35 años. «Éste es mi amigo Willie Taylor, Sr. Clemens».

Le di la mano con una falsa amabilidad, cerré la puerta, lo senté, empecé a hablar; él, desagradable, con ganas de pelear; yo, suave y tranquilo; yo había decidido de antemano que perder la calma era perder el juego… y lo había empezado para ganarlo. Él gruñó: le miré suavemente a los ojos como diciéndole que fuera más amable; intentó eludir el tema; con gentileza volví a llevarle al asunto; habló de un «montaje»; le dije que no podía atribuírmelo a . Se disculpó y me dijo que él no lo hizo. Lo engatusé, le repliqué, alegué, durante media hora. Le conté un chiste. Tuvo que reírse. Antes de que hubiera terminado de reírse le puse un cigarro en la mano y una cerilla encendida bajo la nariz. Lizzy, que había estado llorando todo el rato, ahora se reía; él reía de nuevo; yo intentaba reír, pero estaba inmerso en un asunto serio y me resultó difícil. Casi consigo llevarle donde yo quería cuatro veces; hice que se sofocara y que llorara un poco en algún momento… Fracasé las cuatro veces. Pero a la quinta, dijo, vacilando: «Yo… yo… creo que lo haré… sí, estoy dispuesto, aunque…».


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