Cartas de amor
Cartas de amor Esta mañana nos hemos levantado a las siete, con un viaje de nueve horas por delante, y sin vagón de primera clase. Pero seguimos la ruta sin problemas. El tren se para cada media milla. Ahora es la una de la tarde, y este vagón se ha llenado y vaciado de granjeros unas 300 veces. No dejan de atraer mi atención: sus ropas, conductas, actitudes, semblantes, expresiones… cuando las tienen. Hace un rato, un pequeño provinciano intercambiaba opiniones con su hermana de 17 años acerca de una mujer negra, de forma que ésta lo podía oír. «Buena ropa para una negra, ¿verdá? Nunca antes ho visto a una negra tan bien vestía». La verdad es que estaba muy bien vestida, con buen gusto, y tenía más cerebro y educación de lo que podrían haber mostrado siete generaciones de la familia de ese chico. Hace poco he estado una hora reescribiendo algo de Un vagabundo en el extranjero: charlas entre un par de balseros fanfarrones y chillones. Lo he convertido en conversaciones de una sola frase; ese tipo de frases que decimos alternativamente (un vivo fuego a discreción de alarde y fanfarronería) Cable y yo, para divertir a Pond por las noches en nuestra habitación. Cuando hube terminado ese atisbo de dramatización, les pasé el manuscrito a Cable y a Pond por encima del hombro, y mientras Cable lo leía para sí, un tonto de mediana edad, de aspecto bondadoso, afable y con aire de profesor, sentado en el asiento de atrás, estiró su largo cuello y empezó a leer por encima del hombro de Cable con el más inofensivo entusiasmo que jamás hayas podido ver. Tuve que decirle dos veces: «Es privado, señor» para que lo entendiera, de lo absorto que estaba. Entonces se recostó en su asiento, con la tímida confusión de un niño.