Cartas de amor
Cartas de amor Te bendigo por tu religioso consejo, Livy; y más y más cada dÃa, pues cada dÃa que pasa lo entiendo mejor y lo aprecio más. TodavÃa me siento «oscuro», veo que todavÃa dependo de mi propia fuerza para levantarme y de mi propio sentido de lo que está bien para guiarme por el Camino, pero no siempre, Livy, no siempre. A veces apenas veo al Salvador y otras lo siento muy cerca; ¡ojalá estos intervalos no estuviesen tan alejados! A veces me resulta un placer rezar, por la noche y por la mañana, en vagones y donde sea, veinte veces al dÃa; y después, todo el ánimo religioso se vuelve a parar (no a morir) en mi interior desde que sale hasta que se pone el sol. Sólo puedo decir: ten buen corazón, mi Livy; me muevo despacio y soporto sobre mi cabeza un fatal peso de pecados; un peso que no podrÃas comprender; treinta y tres años de mal comportamiento y de lenguaje inapropiado. Pero tengo esperanza… esperanza… esperanza. Todo saldrá bien. ¿Me atrevo a decir[lo]; a decir…? ¿Y por qué no? Si es la verdad… Sólo una cosa más: temo desconfiar de una fe religiosa que descubrà de repente, con la que me topé sin querer y que ha ido mostrándose, paso a paso conforme iba acercándose. Livy, me vas a culpar por esto, pero sé clemente conmigo, pues sabes que todavÃa ando a ciegas.