Cartas de amor
Cartas de amor Mi queridísima Livy: ¡Otra chapuza de conferencia! Creo que incluso peor que la de Elmira. Y ha sido una verdadera pena porque teníamos una iglesia completamente llena de mujeres y hombres intelectuales, apuestos y bien vestidos. Dicen que no la eché a perder, pero creo que soy yo quien mejor lo sabe. Concluí con una ferviente disculpa por mi fracaso, como hice en Elmira; y la disculpa fue lo único vivo o con sentimiento en toda la conferencia. Me duele muchísimo haber fracasado. Me siento muy avergonzado de mí mismo. Incluso he dado pena al Comité. Les llegué al corazón con mi verdadero sufrimiento, y realmente son tan buenos tipos, que subieron a mi habitación para consolarme. El fracaso lo provocó principalmente un presidente idiota que insistió en presentarme cuando todavía estaba entrando mucha gente; y siguieron entrando incluso cuando ya había dado un cuarto de conferencia a un público que se dedicaba exclusivamente a observar cómo se sentaban los recién llegados. Parecía que nunca iba a captar su atención. Al final estaba tan molesto que le grité al conserje que cerrara las puertas y que no las volviera a abrir bajo ningún pretexto. Pero ya había perdido mi confianza. Era más difícil hablar en esa iglesia que en un barril vacío, estaba enfadado, agotado por el viaje y simplemente terminé la conferencia como pude, me disculpé, le di las buenas noches al público y después le canté las cuarenta al Presidente sin contemplaciones. Y ahora tengo que rezar por que me perdonen esas cosas; y no estoy preparado, Livy, pues esta amargura no está del todo fuera de mi malo y necio corazón.